07 de Noviembre de 2011

NO UN DOMINGO CUALQUIERA

La tarde empezó en un gran salón del hotel del Kerio View (un auténtico oasis en medio de la miseria general que rodea Iten) a eso de las 5 y cuarto, con los prolegómenos previos a la salida del Maratón de Nueva York, que estaba siendo proyectado en una pantalla gigante. Nos habíamos acercado hasta allí los cuatro italianos que viven conmigo y yo, así como algunos otros de los europeos que campan por aquí, y un buen número de aficionados locales deseosos de contemplar una nueva exhibición de los suyos. Y no fue para menos. En la carrera femenina se quedaron con la miel en los labios, después de que Mary Keitany comandase la carrera desde los primeros kilómetros, llegando a aventajar en casi 3 minutos a sus perseguidoras, tras lo que se desfondó y fue alcanzada al final por las dos etíopes, las eternas rivales. Una mala lectura de la carrera hizo que el bronce supiera a poco. Pero todo lo contrario ocurrió en la carrera de chicos. Una soberbia actuación de los "Mutai", Geoffrey y Emmanuel (sin parentesco entre ellos), acabaron con las aspiraciones de sus archienemigos etíopes y principales amenazas, Tsegaye Kebede y el último ganador en la ciudad de los rascacielos, Gebre Gebremarian, tercero y cuarto respectivamente. Récord de la prueba para el vencedor con 2:05.06, que además se postula, bajo mi punto de vista, como el mejor maratoniano del momento, y de la historia por ende, dada la solvencia de su victoria en un recorrido poco favorable como el de Nueva York, y el escalofriante parcial del segundo mediomaratón (sobre 1:01.40), más duro aún que el primero según los entendidos. De esta forma Kenia ha logrado la portentosa hazaña de vencer en categoría masculina en los 6 grandes maratones del mundo, incluído el Mundial de Daegu, y de copar las veinte primeras posiciones del ránking mundial de la distancia, una proeza sin paliativos.

 

Pero volviendo de nuevo a esta parte del planeta, donde se gestaron aquellos que ahora deslumbran al mundo entero con su talento, llegaba la hora de cenar y, aprovechando la coyuntura y por salirnos de la repetitiva rutina de arroz y carne guisada de cada noche, decidimos quedarnos al amparo del "lujo" de aquel enclave. En lo que descifrábamos la suculenta carta, nos trajeron una vela a la mesa, pensaba yo que por si se volvía a producir un apagón como el del día anterior, que mantuvo a todo el pueblo sin electricidad durante casi 24 horas. Y entonces mis acompañantes creyeron reconocer una voz al otro lado del comedor. Se trataba de su paisano Renato Canova, una eminencia del atletismo, entrenador de varios de los mejores atletas africanos y mundiales de la última década. A mí su nombre sólo me sonaba, no sabía exactamente de qué, pero en aquella velada desde luego que se dio a conocer. Se dirigió hacia nosotros y casi sin haberle preguntado empezó a discurrir acerca de lo ocurrido hacía unos minutos al otro lado del charco. Era un tipo sesentón, con gafas de culo de vaso, pelo cano, rostro enrojecido y ciertamente carismático, que hablaba con vehemencia y pasión de atletas, carreras, tiempos parciales y récords. Una memoria y saber enciclopédico que le habían convertido en un gurú del atletismo en África. Llevaba una chaqueta de la selección italiana de la Olimpiada de Atlanta′96, es de suponer que la habría cogido cariño. Se sentó con nosotros y pidió un plato. Y habló y habló, y mientras todos callábamos y le atendíamos admirados; todo en italiano, claro, que yo me esforzaba en intentar entender con mayor o menor éxito. Fuera llovía y se sucedían los relámpagos, pero a nadie parecía importarle. Departió acerca de la polémica que suscitaría la selección de Kenia para la maratón de los J.J.O.O., de los problemas en la federación italiana, de sus sistemas de entrenamiento ("il programma", como él decía), de su paso por Qatar, del posible salto a los obstáculos de su atleta etíope Mekonnen Gebremedhin (de quien dijo sería el candidato perfecto para batir la plusmarca mundial de uno de sus buques insignia, Saif Shaheen), de los recientes problemas de uno de sus últimos pupilos, Kenenisa Bekele, de la vida en general de los atletas africanos y en qué medida les afectaba el éxito o el fracaso... Habló de todo aquello que conocía, para nuestra ilustración y deleite. Pasaron tres horas, una lasaña y bistec de ternera a las especias en mi caso, y la vela se consumió.

 

Velada en el Kerio View con Renato Canova

 

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Álvaro Rogríguez